El blog de Carmen Martín -Abogados-

Trabajo como Abogado, asesoro principalmente, a víctimas de maltrato y personas mayores de 65 años

El blog de Carmen Martín -Abogados- - Trabajo como Abogado, asesoro principalmente, a víctimas de maltrato y personas mayores  de 65 años

donde-hay-miedo-cmartinabogados-carmen-martin-arribas

 

Donde hay miedo, no puede haber amor.

Donde hay amor, no puede haber miedo.

Muchas veces me he preguntado si tengo una relación sana con las personas que me rodean, la respuesta la he encontrado en estas dos frases. Así de sencillo y así de fácil. Donde hay miedo, no puede haber amor. Donde hay amor, no puede haber miedo.

Raquel Rus lo plasma magníficamente en su web: http://raquelrus.wordpress.com/2013/04/05/escala-del-amor/, en una gráfica llamada escala del amor.

El Odio es el amor contaminado con dolor.

El Apego es el amor contaminado por necesidad.

Preocupación es el amor contaminado por miedo.

Querer es amor contaminado por interés.

Amor es amor incondicional.

Lo que hace que avances subiendo peldaños en la escala del amor, es el perdón.

Cuando estas siendo maltratado sientes un inmenso dolor, ese dolor va convirtiéndose en odio poco a poco.  Mientras estas odiando, sigues vinculado a esa relación, la estas alimentando.  Estas furioso, sólo piensas en ello, en lo mal que te encuentras, lo injusto de la situación, o intentas dar una explicación: me merezco el castigo, para sufrir menos. Te colocas en una posición de víctima.

La única manera de salir de esos pensamientos, de esa situación, es el perdón. Para llegar al perdón, la herida tiene que estar ya en vías de cicatrización.

El perdón, es lo único que te saca de esa energía. Lo único válido para romper los lazos que te unen a esa relación.

A título personal diré que aprender a perdonar es una de las cosas que más me ha costado.  Siempre pensé que era un acto de debilidad, de claudicación. No me costaba nada decir: “Vale te perdono. Borrón y cuenta nueva, empezamos otra vez.” Una cosa era decirlo y otra hacerlo.

Por supuesto, la teoría es clara, “había que perdonar”, para seguir adelante, para vivir.

Así es como sucede en la relación maltratador-víctima. Cuántas veces habremos visto salir del Juzgado, agarraditos de la mano, a los que momentos antes, estaban inmersos en una denuncia por malos tratos.

Cuántas veces oímos: “Te perdono, vuelvo contigo, si me prometes que las cosas van a cambiar.” “Señoría, condénele Ud. a que cambie, yo lo que quiero es que cambie.” Y la respuesta deseada en boca del maltratador: “Prometido.”

Después del perdón, la reconciliación, las cosas volvían a funcionar.  Seguía el miedo.  Perdonan porque quieren a la otra persona. Quieres. El querer es interés. Dependencia. Necesitan que esa persona les reconozca, les valore, les aprecie, reconozca el daño que ha hecho. Y entienden el perdón, como una reparación.

Por eso, después de salir de una relación de maltrato, las víctimas se niegan a perdonar.  No quieren caer en la trampa, de nuevo.  Han sido tantas veces las que han perdonado, que se acabaron los perdones.  Y odian. Siguen alimentado esa energía que no les beneficia nada, lo que les produce un profundo agotamiento.

Hasta que entienden que perdonar es otra cosa.

Amor, amor a sí mismas por encima de todo. Han dejado de amarse, de ocuparse de ellas.  Han interpuesto la felicidad del otro por encima de la suya propia. ¿Han dejado de amarse?.  No es del todo cierto, si se hubieran amado siempre, nunca hubieran llegado a ese punto. Quizás se amaba algo, pero no de corazón, no convencidas, no por sí mismas.

Entender que el maltratador les está dando una lección importante: nunca dejes de amarte. Si dejan de amarse, acabaran como el maltratador, sin amor, con miedo, con dolor, con necesidades. 

Perdonar no significa dar una segunda oportunidad.

Al principio, comprenden que son mujeres estupendas y maravillosas.  El maltratador las quiere poseer  porque son todo lo que ellos quieren ser.  Al poseerlas, su ego aumenta y su autoestima, también. 

Lo mismo ocurre con algunas víctimas, por eso siempre aconsejo ayuda psicológica.  Creen que van por el buen camino, cuando aumenta su ego.  Eso de sentirse “lo más”, lista, guapa, cariñosa….  Han salido de una relación de maltrato porque son inteligentes.  Se creen el centro del mundo. Esto funciona, temporalmente, mejora su autoestima, pero no es el camino correcto, aumenta su ego.

Ellas adquieren poder.  Sin darse cuenta, caen en lo mismo que estaba haciendo el maltratador.  Tienen poder a costa de quitárselo a otro.  Es el efecto péndulo.  Pasan creerse que no son nada, a creerse el centro del universo.

Vaya tesitura.  Mal, si son víctimas.  Mal, si las recuperamos aumentando su ego o compadeciéndolas.

¿Qué falla? Algo no va bien. Por eso resulta tan complicado trabajar con víctimas.

Cuando me cuentan lo pre-ocupadas que están, han dejado la relación de maltrato, no se sienten bien, creen que acabarán todos sus problemas poniendo una denuncia y separándose de su agresor, y no es así.

Mi respuesta es la misma, no te pre-ocupes, ocúpate. Intento que lleguen a la conclusión de que sería bueno solicitar ayuda profesional, igual que cuando te rompes una pierna vas al traumatólogo, cuanto tu cabeza parece una lavadora y no sabes que ropa has metido dentro, debes ir a un psicólogo.

Es bueno solicitar ayuda.  A veces, el orgullo, les impide reconocer lo mal que están. A veces, ellas mismas te piden el teléfono de un psicólogo, porque su entorno les califica de locas.

Cada persona es diferente.  Lo que nunca falla es perdonar.

Para perdonar, hay que hacerlo primero con nosotros mismos. ¿Cómo nos perdonamos? Amándonos mucho, por encima de todo.  ¿Cómo lo hacemos? Disfrutando del camino, aprendiendo de nuestros errores y celebrando nuestro aprendizaje.

No hay que dar otra oportunidad al maltratador.  El maltratador debe encontrar su propio camino. Escoge a su víctima, porque se mueven en la misma energía. La primera reacción es pensar que el maltratador sabe lo que hace, por eso elige a un determinado tipo de pareja, sistemáticamente destruye sus mecanismos de defensa.  Pero, ¿realmente, sabe lo que hace? O no sabe nada, se deja llevar, es reactivo. No sabe amar, no ha sido amado y no sabe amarse. Poco sabe.

Jesús cuando estaba crucificado pidió a su Padre que perdonara a los que le habían llevado a la muerte. “Perdónalos Señor, porque no saben lo que hacen”.

Lo que se nos olvida, es que en determinadas ocasiones, Jesús ni pone la otra mejilla ni nada.  Coge el látigo y empieza a echar a los mercaderes del templo.

Perdonar y sentir miedo, no es amarnos.  Donde hay amor, no existe miedo.

 

Gracias.